Diario de Coquimbo, Octubre 2025 (Parte 2/3)

*Hugo José Suárez*

Domingo 5 de octubre

La cita es a una hora razonable. Partimos a las 9:30 de casa de Juan un contingente de nueve académicos. En la carretera nos cruzamos con peregrinos que desde distintos lugares emprenden la ruta hacia la montaña. Subimos por una carretera serpenteada, los cerros son áridos, el cielo azul intenso, me recuerda a mis paisajes en Bolivia. A la orilla del camino hay varias animitas, que son altares devocionales con imágenes, adornos y flores, muy presentes en todo Chile y estudiados por algunos investigadores. En mis observaciones en México he visto cientos de capillas de ese tipo en las colonias populares, no he sabido cómo llamarlas, y todavía está pendiente algún estudio profundo que las explique en sus distintas dimensiones. Me queda claro que estamos en un terreno intenso de fe, atravesando por una geografía religiosa popular.

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Foto: Hugo José Suárez

Llegamos a la cima, a Andacollo, pequeña localidad minera de más de 11,000 habitantes a 1017 metros sobre el nivel del mar. Hoy es la fiesta de la Virgen del Rosario de Andacollo que convoca a miles de devotos que inundan la pequeña comunidad. Como el tráfico está saturado por la cantidad de gente que va en coche, nos bajamos a unas cuadras de distancia, en la entrada del pueblo que anuncia al viajante su llegada con coloridas letras enormes. Ideal para tomarse una selfi. Caminamos entre calles angostas hacia la plaza central. El comercio religioso -y no tanto- está a la orden. Nos ofrecen velas para ser encendidas frente a la Virgen; “pulseras de protección” -con “nudo bruja”-; almanaques para el 2026 con la imagen grande de la Virgen, de esos que antiguamente -al menos en Bolivia- se colgaban en todas las cocinas y comedores; recuerditos con la Virgen para ser colocados en el coche o en alguna ventana. Abundan los puestos con figuras de la patrona, la Virgen de Andacollo, hechas de yeso de distintos tamaños; la acompañan otras imágenes de la Virgen María, Virgen del Carmen, San Expedito, alguna de Jesús, San Lorenzo de Tarapacá, también aparece alguna Virgen de Guadalupe. Hay rosarios, llaveros y estampitas. Casi no encuentro crucifijos ni otros santos. Pero en la misma mesa de venta, se expone un bonachón y sonriente chanchito-alcancía, algún angelito, un elefante hindú y un Hulkbuster rojo intenso. No hay mucha variedad como sucede en otros puestos religiosos, por ejemplo alrededor de la Villa de Guadalupe en México en cuyos puestos conviven desde Buda hasta la Santa Muerte; la Virgen de Andacollo es la que manda con poca competencia.

Al lado de las imágenes religiosas, observo otras manifestaciones culturales. Un puesto tiene solamente hiervas medicinales: el “Lawen medicinal” -de origen mapuche- promete curar problemas de reumatismo, vesícula, cálculos renales, problemas estomacales y más. En un cartel se comparten las sugerencias para el uso de las “hierbas sabias”. También me encuentro con un mural que tiene dibujada la Chakana, cruz andina que he visto tantas veces en Tiahuanaco, en Bolivia, y que luego se convirtió en un símbolo de identidad política y étnica. Por supuesto que hay una tienda rural de Coca-Cola, con su símbolo rojo pintado en toda la pared promoviendo también sus otras bebidas azucaradas; una peluquería canina “Can&Dog” que comparte su número telefónico para pedir una cita -acompaña al cartel un simpático perrito de raza poodle-; alguien que abre la puerta de su garaje y ofrece sándwich y pescado; otro que vende minerales de recuerdo; un vecino que ofrece ducha, baños y custodia; una pastelería “Las delicias del tata” con una dulce variedad de alfajores; puestos de comida con Nescafé; y una cafetería con máquina para café expreso de grano recién molido. Llegamos a la plaza central. Hay dos iglesias: la pequeña parroquia en una de las calles laterales, y la Basílica menor en el centro de la plaza de grandes dimensiones. Como es medio día y la fiesta empezó ayer, la Virgen de Andacollo está en el atrio de la Basílica menor mirando hacia el público recibiendo oraciones. Los mástiles que rodean la reja central tienen las banderas de países latinoamericanos -encuentro la de México y la de Bolivia, que son las que me llaman-. Al centro de la Basílica, entre los dos campanarios flamea la bandera chilena. Lo primero que me sorprende es la dimensión de la arquitectura religiosa. Para un pueblo de once mil habitantes, pareciera excesivo dos iglesias en una plaza grande, una de las cuales es tan espaciosa como la de cualquier ciudad intermedia latinoamericana. Y sin embargo está repleto de gente. Hay de todo, danzantes, músicos, familias, viejos y jóvenes, gente en silla de ruedas o con bastón, niños, bebés; un vendedor disfrazado de Spider Man que ofrece llaveros con muñecos, y otro que tiene globos inflados con helio con imágenes de Hello Kitty, Pochacco o Bob Esponja. Curioso: la casa parroquial cuenta con una oficina que parece banco -con ventanilla y cajero- con un gran letrero: mandas; me dicen que es el lugar donde uno puede realizar alguna transacción económica a cambio de favores religiosos. Nunca había visto tal practicidad monetario-espiritual.

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Foto: HJS
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Foto: HJS
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Foto: HJS

La primera parada es la visita al templo pequeño y el Museo del Santuario de Andacollo. Tiene varios objetos interesantes: una vitrina con rosario donados por los fieles, otra con sus cédulas de identidad, licencias de conducir, credenciales universitarias o profesionales. Hay varias placas, dibujos, figuras que agradecen los beneficios recibidos. Muñecas, cuadros, bordados, máscaras, fotos, calendarios, peluches, jarrones chinos, estandartes, playeras del equipo de fútbol de la zona, medallas, milagritos de metal (con muchas opciones, piernas, rostros, cuerpos, manos, corazones, etc.). Todo lo que la gente considera necesario para ofrecerle a la Virgen de regalo por haber obtenido alguna gracia.

Salimos del relicario oficial de las emociones, para sumergirnos en el escaparate de la fe viva en la plaza. Nos dirigimos hacia la Basílica. La Virgen está en la puerta de entrada, mirando hacia el público. Los grupos danzantes esperan su turno en la puerta del atrio para entrar, de manera ordenada y prolija, uno por uno cuando le toque su turno, hacia la Virgen en un pasillo custodiado por los guardias organizadores. Cuando le toca, sin tumultos ni empujones, pasan los danzantes con sus pasos y la música dirigiéndose hacia la imagen que los observa piadosa. Llegan a sus pies, toman el micrófono, le rezan, le recitan, la adoran, le bailan, y se retiran por la salida lateral. Es el momento en el cual cada grupo manifiesta su fe directamente a la Virgen, es la intimidad, es el momento de entregarle su esfuerzo, pasión y fe. Es su tiempo. En la parte de atrás, en un estante grande de madera donde reposa la Virgen, hay un espacio para que la gente pueda acercarse a la imagen. Llegan los adeptos con sus celulares a tomarse una foto lo más cerca posible de ella, tocan con devoción y sensibilidad la base del anda como si con el contacto físico recibieran su bendición.

Seguimos nuestra ruta. Vamos a comer, a descansar, al baño, al mercado, y llega la hora del fuego. Los latinoamericanos sabemos que las velas nos comunican con la divinidad. Compro unas velitas en la entrada de la basílica y me dirijo al lugar especialmente dedicado a veladoras. Está la Virgen al centro, la gente amontonada alrededor. Me abro campo, prendo cada una ayudándome del fuego ya encendido por otros, como una fuente inagotable, un solo río que fluye, como si recibiera parte de la fe de los demás. Las enciendo, las ofrezco a la Virgen pensando en los míos, en mis deseos, en mis peticiones. Finalmente, aunque soy sociólogo, también soy un devoto, y estoy en un lugar donde la fuerza de la emoción religiosa trasciende, y me resuena.

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Foto: HJS
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Foto: HJS
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Foto: HJS

Llega el momento más intenso de la tarde, la salida de la Virgen. Luego de haber recibido los homenajes y bailes, todos los grupos se concentran en la plaza y las calles aledañas, cada uno bailando y tocando sin coordinación alguna. Los tambores resuenan a ritmos distintos, las flautas y flautines cantan como pájaros regando melodías. Cada conjunto con su estandarte por delante parece encerrado en su propio baile protegido por su propia música. No se comunican, sus trajes, sus pasos, sus ritmos, son autónomos. Sus rostros expresan el cansancio, es media tarde, el sol está en su máxima expresión luego de horas de haber bailado sin descanso. El sudor los delata, pero siguen, como hipnotizados, sumergidos en un clima mágico.

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Foto: HJS
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Foto: HJS

Una veintena de varones vestidos con playeras amarillas levantan el anda de la Virgen, y empieza la lenta procesión. Se toman su tiempo, nada los apura. Dan pasos cortos, y la Virgen empieza a moverse con una cadencia que inspira misterio. Sale del atrio de la Basílica menor hacia la plaza. Es el momento en que cada grupo, cada persona en la plaza, no le quita la mirada. Da la vuelta por un par de calles interiores, a su paso, la gente se detiene, la mira fijamente, saca su celular para registrar su presencia, toma su pañuelo para saludarla, sube la mano como si pudiera tocarla. Y recuerdo El Pagador de Promesas, la notable película brasilera, el momento en el que Zé, el principal protagonista, mira a la Virgen en su paso, y es correspondido con igual cariño. Es un intercambio, la gente la mira, y ella los mira; es un contacto visual contemplativo, tierno, emocional, propio de esta forma de vivir la fe en este lado del planeta. Me queda claro: los creyentes saben tocar con los ojos, aprendieron a acariciar con la mirada. La algarabía empapada de bombos y tambores, colores y danzas, acompaña el lento tránsito de la Virgen, hasta que llega a la entrada del templo chico y se posa en la puerta frente a la gente. Todos le bailan en tonos distintos, hasta que el cacique central vestido de rosa intenso -que está al lado del obispo y el rector de la parroquia- bate una bandera blanca con la imagen de la Virgen. Es el mensaje que todos entienden: uno a uno los grupos empiezan a callarse. Ahora todos, en silencio la contemplan, quietos, concentrados, imantados ante su presencia. Le siguen las palabras del obispo y del párroco que concluyen con la bendición. Todos los asistentes levantamos la mano en dirección a la imagen, que empieza a retirarse poco a poco, penetrando en su iglesia, como en una cueva sagrada, sin dejar de mirar a sus feligreses. La fiesta ha terminado.

(Continua)

Referencias

Castaneda, Carlos. 2013. Una realidad aparte: nuevas conversaciones con don Juan. Segunda edición (Tezontle). México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Duhau, Emilio, y Angela Giglia. 2008. Las reglas del desorden: habitar la metrópoli. Arquitectura y urbanismo. México: Siglo veintiuno ed.

Suárez, Hugo José. 2015a. Creyentes urbanos: sociología de la experiencia religiosa en una colonia popular de la ciudad de México. México D.F.: IIS-UNAM.

Suárez, Hugo José. 2015b. Un sociólogo vagabundo en Nueva York. La Paz: Editorial 3600.

Suárez, Hugo José. 2018a. «Agentes para-eclesiales en la religiosidad popular latinoamericana». Pp. 13-19 en Diccionario de religiones en América latina, editado por R. Blancarte. México: Fondo de Cultura Económica.

Suárez, Hugo José. 2018b. Hacer sociología sin darse cuenta: una invitación. Primera edición. Colección ensayo. La Paz, Bolivia: Editorial 3600.

Suárez, Hugo José. 2018c. La Paz en el torbellino del progreso. Transformaciones urbanas en la era del cambio en Bolivia. Ciudad de México: IIS-UNAM.

Suárez, Hugo José. 2018d. Viajar, mirar, narrar. La Paz: Ed. 3600.

Suárez, Hugo José. 2022a. Diario de La Paz. Apuntes de un retorno. La Paz: Editorial 3600.

Suárez, Hugo José. 2022b. París a diario. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

Suárez, Hugo José. 2023. Guadalupanos en París. Ciudad de México: IIS-UNAM.

Villoro, Juan. 2023. La figura del mundo: el orden secreto de las cosas. Primera edición. Ciudad de México: Random House.

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