*Gustavo Morello*
Visité los altares a Santa Muerte en México en el marco de mi trabajo sobre los tatuajes religiosos. Esta devoción muestra, una vez más, la complejidad y riqueza de la religiosidad mexicana.
La primera parada fue en Tepito, a unas 10 cuadras del centro histórico. Tepito es un barrio de clase obrera, medio marginal, pero con calles de asfalto, transporte, y comercio. Un gran mercado a cielo abierto, que se extiende por cuadras y cuadras. Enorme. Todo cubierto por negocios. Una multitud. Una zona urbana vulnerable, con gente que trabaja como puede para ganarse la vida.
Después de caminar entre los puestos (ropas, medicamentos, libros, joyería, neumáticos, flores, herramientas, comida, electrodomésticos), atravesamos el mercado hasta salir a una zona de viviendas. De allí a una cuadra estaba el local del tatuador Akto, un joven que recién comenzaba a hacer tatuajes profesionales. Hace tatuajes de la Santa Muerte y de otras imágenes religiosas. Estaba haciendo un ángel endemoniado cuando llegamos. Contó que hace muchos tatuajes para honrar a los muertos.
Sobre la misma calle Alfarería, a unos cien metros, está la casa de Doña Enriqueta Romero, la primera que puso un altar de Santa Muerte en un espacio público para su veneración en la ciudad, en octubre de 2001. El altar está en una ventana de su casa, ha puesto un toldo, tomando la vereda. El altar, su estética colorida y frágil, pero que lleva más de 20 años, tiene mucho que ver con el barrio, es parte de ese paisaje: negocios de feria, provisionales, que llevan años y están casi formalizados, coloridos por los productos que venden, apiñados, encimados, ruidosos. Hay lugares para colocar flores en la entrada, una persona que las cuida, un asistente que atiende el local donde se venden imágenes, rosarios y veladoras.
Enriqueta estaba decorando una imagen de la santa con perlitas violetas. Uno de sus gatos aparecía todo el tiempo. Mientras estuvimos, no dejó de pasar gente. Muy respetuosos, en silencio o rezando en voz baja. Algunos compraron cosas, pero no la mayoría. Buscaban a la Santa, no a Enriqueta. No vi a nadie que la tratara como a una autoridad religiosa (vidente, sanadora). Ella dice que lo único que importa es tener fe, que limpias, arreglos, amarres, etc., son inútiles si uno no tiene fe. Me dio la impresión de una mujer con mucho sentido común, muy crítica sobre la cuestión de los colores apropiados para diferentes rituales, mandas, limpias, etc. “Todas mamadas”, me dijo.
Contó que fue una tía quien la introdujo en la devoción, que la veneración siempre estuvo. El suyo es un altar de oración; no hay otros rituales. Su matriz religiosa, me parece, es católica: habla de su veneración por San Judas y la Virgen de Guadalupe, pero también de demonios y otros santos populares. Todos son bienvenidos, pero en su altar “primero Dios y después la Santa”.
El otro altar que visité está en Tultitlán, a unos 30 kilómetros de la Ciudad de México. Es el altar de Santa Muerte Internacional, que comienza con Jonathan Legoria “Pantera” Vargas. Después de su asesinato, es continuado por su madre, también llamada Enriqueta Vargas, fallecida hace algunos años, y ahora a cargo de su hija.
El predio es un espacio cercado, un terreno amplio, ubicado en una zona fabril. Se ven muchos galpones y talleres. A la entrada hay un negocio que vende velas, imágenes, rosarios, todo de Santa Muerte. Hay un altar “esotérico” y es el único lugar donde no se permite tomar fotos. Pero este no es el principal.
Al costado del negocio, en lo que parece haber sido una entrada para vehículos, se accede al predio. Gente de rodillas, acunando imágenes en sus brazos; gente sentada ya a un costado, bajo unos toldos, mirando la imagen mayor (de unos 30 metros, la Santa Muerte más alta del mundo, dicen), esperando la oración que empezaría en unos 20 minutos.
Vi muchas familias, ancianos, adultos, niños y jóvenes, varones y mujeres, héteros y gais. Si bien era mayoritariamente un ambiente obrero, popular, se veían algunos detalles de vestidos, teléfonos, etc., que hacían pensar en clases medias, comerciantes, etc. Había una multitud, calculo 500 personas o más.
Rodeando la imagen principal hay varias capillas con advocaciones: “SM de la Justicia”, “SM Milagrosa”, “del COVID”, “Originaria”, etc. Son el resultado de promesas hechas por algunas familias, y que van creciendo, cambiando. Alrededor de la imagen principal, durante la ceremonia, la gente ubica sus imágenes domésticas. Las ponen sobre manteles, las adornan con flores, caramelos, manzanas, bebidas, cigarrillos. Algunas imágenes están vestidas con capas de colores del arcoíris, con billetes de dólar o bordadas.
La ceremonia se prolongó por más de una hora. Un animador varón la dirigía, solo identificado por un collar de calaveras, y un grupo de mujeres que ayudaba. Venían de Hidalgo y ese día estaban a cargo de la liturgia. Había un conjunto de oraciones escritas que se leían, invocando a la Santa, mirando hacia los puntos cardinales y, en cada uno, referenciando a uno de los cuatro elementos.
En las oraciones se invocaba a Dios (pero no a Jesús o María) y a la Santa Muerte. Algunas oraciones pedían venganza o castigo a los enemigos. Se usó incienso, que se pasaba ahumando a la gente; agua, que se rociaba sobre el público; música, con tambores y conchas marinas, y flautas que sonaban como un rugido felino; pero no canciones. La participación del público consistía en escuchar y rezar en silencio. Una persona, que hizo un stream de la ceremonia con un iPhone, también ahumaba las imágenes con un cigarro.
Enseguida pudimos hacer entrevistas; la gente estaba con ganas de conversar y contar sobre su experiencia con la Santa. Algunos entrevistados recibieron la devoción en su casa. Otros, a través de amigos. La mayoría se acercó en momentos de dificultad. Muchos tenían tatuajes; varios de la Santa y San Judas, Cristo, Sagrado Corazón. Se han hecho los tatuajes en lugares representativos (la espalda para que proteja; el brazo porque se lo lastimaban; la pierna para que la Santa los ayude a avanzar).
En el camino de regreso a la Ciudad de México, noté varios memoriales contra la violencia femenina (uno frente a Bellas Artes), por personas asesinadas (en la plazoleta frente al Caballito), o por los 43 estudiantes desaparecidos (en el Zócalo). La muerte violenta es una realidad en la vida cotidiana de muchas personas en Latinoamérica.
Imágenes de Tepito, tomadas por el autor




