*Gustavo Morello*
La abundancia de religiosidad y laicidad en México excede lo que me imaginaba. Una
legalidad súper laica, un marco constitucional que hasta no hace mucho ignoró lo religioso,
y una presencia cultural, social, de distintas creencias que muestran una riqueza espiritual e
intelectual notable. Aquí, algunas notas sobre visitas a estos lugares de religiosidad/laicidad.
Museo Casa de Trotsky. La casa en la que León Trotsky vivió y murió está en
Coyoacán, en una zona que en esa época era de fincas. Es una casa sencilla, con dos
habitaciones, un escritorio (donde lo mataran), una oficina donde trabajaban sus secretarias,
cocina y comedor.
Lo que más me llamó la atención es que el museo, además de recordar y representar
su vida y su interpretación del marxismo, es un monumento a la locura estalinista. Trotsky
estuvo prácticamente encerrado allí su último año en México.
Amuralló el perímetro, puso una caseta de vigilancia, construyó habitaciones para
una guardia y criaba conejos y gallinas porque pensaba que lo podían envenenar con la
comida. Lo terrible es que no era paranoia: lo quisieron matar (el atentado de Siqueiros fue
en mayo de 1940) y lo terminaron matando (agosto de 1940). Las ventanas están a medio
tapiar, las puertas de las habitaciones son blindadas, y hay todavía marcas de balas en las
paredes, consecuencias del atentado de Siqueiros.
El asesino exitoso, Ramón Mercader, se había infiltrado como novio en NYC de una
de sus escribientes (desde 1938). Una prueba del tiempo y los múltiples planes puestos en
marcha por Stalin para acabar con él. León Trotsky y su círculo conocían lo que se les venía,
por eso, sus limitadísimas salidas de la casa a la ciudad. La paradoja es que no pudo salir ni
muerto; está enterrado en el jardín. Sus descendientes viven en México.
Mercado Sonora. A unas doce cuadras de la Plaza de la Constitución, El Zócalo, está
el Mercado de Sonora, un espacio que cualquiera que estudie lo religioso en América Latina
encontrará sorprendente. Son unas dos cuadras de imágenes religiosas católicas, Santa
Muerte, Jesús Malverde, demonios, orishás, hierbas, velas, animales vivos (palomas, gallos,
gallinas), cabezas de cabra disecadas, calaveras de venados, hongos, raíces, barajas de tarot,
libros, estampas, plumas. Salvo objetos litúrgicos (calices, patenas), todo lo requerido para
prácticas religiosas. Muy impresionante el volumen y la variedad. Conversé con Fabiola, que
nos dejó grabar y fotografiar su stand, pero no quiso salir en cámara. Nos contó sobre las
formas de veneración de Santa Muerte, colores, ofrendas, etc.
Tonantzintla, Puebla. Desde Puebla, a unos 100 km de la Ciudad de México, fui a
visitar la iglesia de Nuestra Señora de Tonantzintla. Yo había estado allí hace ya unos 15
años, y en el taxi me confundí de iglesia. Para mi descargo, todas en la zona tienen una
distribución similar: un terreno amurallado al frente con un portón de entrada, que da a una
plaza frente a la iglesia que está al final. Me terminé bajando antes en la iglesia de San Francisco, a unas 10 cuadras de Tonantzintla, que también tiene un altar y decoraciones barrocas notables. Visité la iglesia y caminé a Tonantzintla. La avenida que conecta ambas iglesias estaba siendo repavimentada y había poca sombra. Entre las dos iglesias, un hotel por horas, un cabaret y un cementerio. La iglesia de Nuestra Señora de Tonantzintla ocupa una manzana, con una escuela pública en la manzana del frente, una zona peatonal entre la iglesia y la escuela, un playón deportivo en la esquina diagonal a la iglesia y un mercado en la calle lateral. Aquí había dos cuidadores, uno dentro de la iglesia mirando que no se tomen fotos y otro vendiendo material afuera. Como no puede sacar fotos, terminé comprando algunas postales.
Desgraciadamente, no encontré ni buenos libros ni buenas fotos sobre la iglesia. La capilla
sigue en manos de la comunidad; cuando lo necesita, busca un cura para que celebre. Son
ellos, los descendientes de los constructores, quienes definen qué se hace y qué no (no
tomar fotos, por ejemplo) en la iglesia.
Lo que me interesaba ver es que la iglesia tiene dos decoraciones: los altares
barrocos clásicos a los costados; y en el transepto el barroco indígena, en mampostería
rodeándolo todo. Es fantástico. Los ángeles no son tales; son niños indígenas sexuados,
varones y mujeres, con plumas unos y flores las otras en sus tocados, sus alas no son de
palomas sino de loros. Los frutos no son uvas ni espigas de trigo, sino chiles, cocos, maíces.
Una explosión de imagen y color que no deja un espacio libre. Además de la belleza y la
riqueza, “aquí todo lo que brilla es oro” me dijo el guía, lo que me impactó fue la religión
vivida en la arquitectura: los indígenas que hicieron la decoración hicieron lo que quisieron
con lo que les pidieron los españoles. La mampostería indígena incluye fibras de nopal,
colores vegetales, etc.; refleja cómo interpretaron y se apropiaron del mensaje estético. El
esplendor del barroco y un ejemplo de religiosidad vivida en la arquitectura.
El Tepeyac, santuario de la Virgen de Guadalupe. Un lunes a la mañana desayuné en
el Café de Tacuba, tomé el metro, y llegué al santuario en unos 40 minutos. Mucha gente en
todos lados. Mucha gente en el centro histórico, comprando, visitando, paseando.
Multitudes.
La Villa del Tepeyac, está en una zona urbana, fuera del centro, rodeando al cerro, el
sitio original donde se construyó el primer santuario y la tradición ubica el mensaje a Juan
Diego. Llegué pasadas las 10; había una misa en curso y me quedé hasta el final. Entré por
donde están las cintas transportadoras, no había tanta gente allí, pero cuando subí a la
iglesia sí. No estaba llena, pero la iglesia es enorme. Debe haber habido más de mil
personas, y al menos la mitad estaba vacía. La explanada frente a la iglesia inmensa, gente
llegando todo el tiempo, algunos de rodillas. Otra misa en una de las otras 2 iglesias
(coloniales), con menos gente.
Subí al Tepeyac, donde hay otra iglesia. La subida es entre jardines con escenas de la
aparición. Un parque cuidado, con buenas vistas a la ciudad. La iglesia en la cúspide tiene
unos murales de los años 1940s. Hay otra abajo, más colonial, bonita, rodeando una fuente.
Gente rezando, paseando, prendiendo velas; familias, jóvenes, viejos, mujeres,
varones. Algunos acentos españoles. Una mezcla, pero me pareció más de clase media.
Muchísima gente para un lunes por la mañana. Al día siguiente visitamos los altares a Santa
Muerte. Pero eso será en la próxima entrada del diario de campo.
