12 de diciembre de 2025 en la Villa de Guadalupe

*Hugo José Suárez*

He perdido la cuenta. No sé cuántas veces fui a la Basílica de Guadalupe, desde cuando era estudiante y rondaba los veinte años, ahí por los noventa, hasta en tiempos de pandemia, cuando ante el vacío y el miedo la Virgen era uno de los pocos refugios; eso sí, todos con cubrebocas. Pero a pesar de haber leído, estudiando, escrito, pensado, rezado, admirado, cantado, llorado, meditado alrededor de la imagen emblemática de México, nunca fui un 12 de diciembre, el día de la fiesta; toda promesa se cumple: el 2025 fue mi primera vez.

Noche antes, mientras volvía de una posada navideña, pasé por el Viaducto Tlalpan y por Avenida Insurgentes. Las ciclovías estaban llenas de peregrinos y dispositivos de protección civil para organizar el tráfico y los cuidados. Por un lado, miles de personas que, entrada la noche, se esforzaban por llegar caminando a la Villa antes de que suenen 12, con el afán de cantarle Las Mañanitas a la Virgen. Devotos de todas las edades, de muchas condiciones físicas, hombres y mujeres, niños y ancianos en una sola dirección. Muchos con sus imágenes de la Virgen en la espalda, en el pecho, en la frente, en la playera, en la mochila, en la gorra. Por otro lado, decenas de personas que les dan aliento, les invitan agua, refresco, tortas, o palabras de ánimo. Nadie es indiferente. Es acontecimiento urbano, religioso y popular más importante de la ciudad, del catolicismo, de la identidad cultural. Un par de días después las autoridades informarán que fueron más de trece millones los peregrinos de todo el país que se dieron cita a los pies de la tilma donde reina la guadalupana.

Al día siguiente, el mero 12 de diciembre, decido ir a la Basílica. Como sé el alboroto que significará, las salidas del metro saturadas, las avenidas inundadas de coches, el transporte público a reventar, opto por mi mejor transporte: la bicicleta. Son 18 kilómetros desde mi casa, no mucho, no poco. Lo necesario para entrar en ambiente, para poner en sintonía el cuerpo, la emoción y la razón ante tremendo acontecimiento. Cargo mi cámara, mi cuaderno de notas, mi bloqueador y mi casco. Y pedaleo durante una hora (fotos abajo).

El recorrido ciclista siempre abre una nueva perspectiva de la ciudad. No había caído en cuenta que la Calzada de Guadalupe, que desemboca en la Villa, es, unos kilómetros antes, la avenida más importante del país: Reforma, símbolo de la república, de la política, de México; donde descansa el Angel de la Independencia (con los restos de héroes independentistas), el Monumento a Cuauhtémoc, Diana la cazadora, o la Glorieta de las mujeres que luchan. Sí, la misma calzada que concentra la historia de la nación, termina – ¿o empieza? – en el cerro del Tepeyac, ahí donde la Virgen, en 1531, apareció ante el mundo -o donde se creó el mito, como quiera verse-.

En cuanto entro a la Calzada, poco antes del mediodía, con el sol en su máxima potencia, me uno al contingente de peregrinos. Inmediatamente formo parte de una complicidad. Todos vamos hacia allá, de distintas maneras, con múltiples intenciones, pero ahí estamos. Me desplazo al lado de un grupo de Chinelos, danzantes morelenses que con sus vestimentas típicas, sus movimientos, y su música, van a rendirle homenaje a la Virgen. También hay familias urbanas de clase media, madres son sus bebés en brazos, jóvenes de rodillas, motocicletas con la imagen amarrada cubriendo el faro delantero, muchos con el manto en la espalda, suelto o enmarcado, uno que otro turista.

El atrio de la villa está lleno de gente. La impresionante construcción de un colectivo de notables arquitectos, inaugurada en 1976, tiene en el frente un arreglo floral enorme, de aquellos que se ponen en las iglesias en las fiestas de pueblo.  Dentro del templo se celebra la eucaristía, no cabe ni un alfiler. Pero desde afuera, desde cualquier parte del conjunto, alcanzo a ver al fondo la imagen de la Virgen; todas las puertas – paredes están abiertas por lo que el contacto visual es permanente más allá de dónde me desplace. La arquitectura tiene diseño bien planeado, no se pierde el vínculo de la mirada de la Virgen, esté uno lejos, a la izquierda, a la derecha, al centro, se sigue en contacto con ella. Una buena parte de la esplanada está llena de danzantes aztecas en baile y ritual, con los atuendos respectivos, y el humo del copal quemado que crea una bruma mística entre los templos y los observadores, con el ritmo del tambor que construye la atmósfera sensorial completa. Ojo, los danzantes tienen rasgos étnicos diversos, no encuentro un solo patrón, como sí sucede con los Chinelos cuyo origen era claramente rural.

La enorme esplanada es también el lugar de las selfis. Las familias, de distintos estratos sociales, sacan su celular y se retratan con el monumental templo en las espaldas y, al fondo, la Virgen. El momento quedará grabado en junto a las fotos archivadas en algún rincón de la memoria del teléfono inteligente. Los otros dos lugares más concurridos son el monumento a Juan Pablo II, a cuyos pies la gente también se toma fotos, y el espacio posterior reservado a reanimar la fe desde uno de los cuatro elementos de la naturaleza: el fuego. Las veladoras arden, los fieles encienden y alimentan las llamas como si fueran un río que no se detiene y que se renueva de mano en mano.

Abriéndose paso entre la gente, los danzantes, los grupos que descansan y quienes expanden su cámara para registrar su visita, están aquellos que llegan de rodillas. No son pocos, es el último tramo, el más doloroso, el que permitirá expiar los pecados, dejar atrás las culpas y volver con las rodillas lastimadas pero con el alma renovada.

No deja de sorprenderme, una y otra vez, la importancia de la imagen, sea en estatuilla de yeso, en estampa, en lienzo, en tela, en joya, en dije, en escapulario. Es una forma de la fe basada en la materia, en el respaldo físico que acumula capital religioso. La imagen es llevada a la Villa como una manera de incrementar su potencia espiritual: no es lo mismo una Virgen que haya visitado la Basílica, que se la haya bendecido con agua, que se haya enfrentado, así, frente a frente, con la original; que una que no tuvo esa trayectoria de recolección de bienes simbólicos. Por otro lado, la relación del creyente con su imagen es física, corporal, se la carga, se la lleva, se la toca, se la besa, se le prenden velas. Desde el cuerpo, las manos, los labios, el corazón, se construye una nueva relación con la materia, en un vaivén donde la imagen es otra luego de haber sido acariciada por unas yemas, y uno es otro luego de haberlo hecho.

A la vez, la fuerza de la Virgen de Guadalupe no sólo está en la Villa, y no sólo el 12 de diciembre. Su magia consiste en que, si bien ese día y ese lugar se concentra la relación, por un lado, el mismo día en muchos barrios de la ciudad -y del país- suceden miles de peregrinaciones, rezos callejeros, rosarios, reuniones, cantos, fiestas, encuentros, jaripeos, música, y cuanto se puede esperar de celebraciones populares que transitan por la calle, por el altar doméstico, por los templos y capillas. Una parte sucede en la Basílica, lo demás en toda la ciudad, con especial vigor en las colonias populares. Por otro lado, si bien en diciembre se manifiesta el evento, éste ha sido preparado durante todo el año movilizando a mucha gente en múltiples labores, desde las administrativas -recolección de dinero, compra de insumos, organización de actividades-, hasta espirituales. Además, de manera silenciosa, su presencia en los altares en las casas o en las capillas de avenidas y plazas, es regular y cotidiana. Dicho de otro modo, se trata de un continuum espacio-temporal que no quiebra con la vida diaria, sino que se expresa de distinta manera en múltiples tiempos y espacios formando parte de un todo, de una experiencia espiritual englobante, que no se la puede fragmentar ni comprender si se la aísla o analiza separadamente.

Termino mi visita cansado, asoleado, con muchas fotos, notas y mucho qué pensar. Hace algunos años un investigador extranjero me dijo que es triste que los sociólogos y antropólogos en México no prestemos más atención al mito de la Guadalupana. Tiene razón, es una fuente inagotable de estudios, y falta todavía mucho por explicar y comprender.

Vuelvo a casa. Tengo con un montón de ideas qué digerir y 18 kilómetros que pedalear.

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