*Gustavo Morello*
Mirados desde América Latina, los Estados Unidos son un caso diferente en términos religiosos. Sin religión oficial, la Primera Enmienda de la Constitución prohíbe que el Estado sostenga un culto, a la vez que garantiza la libertad religiosa a sus habitantes. Pero esto no significa que religión y política no se mezclen, ni que lo religioso esté fuera del espacio público.
Mientras que en muchos países latinoamericanos los regímenes políticos han tratado de limitar la injerencia eclesial en lo público, las iglesias han apoyado, sutilmente o no, partidos políticos que representaran sus intereses. Pero los políticos han sido cuidadosos en mantener en privado sus preferencias religiosas. Al menos hasta hace algunos años. Hoy, nuestra política se parece más a la norteamericana, donde los candidatos abiertamente hablan de sus opciones y prácticas religiosas.
Dios en Washington
La capital de los Estados Unidos se pensó desde cero, como luego Brasilia, desde el momento de la independencia (1776). Nueva York y Filadelfia fueron sedes del gobierno federal por algunos años, pero no por mucho tiempo. Las colonias inglesas, a diferencia de lo que pasó con las portuguesas o españolas, eran independientes entre sí y tenían intereses diversos. No hubo, en la estructura colonial británica, un virreinato que centralizara las 13 colonias. Al momento de la independencia, todas recelaban unas de otras. Una nueva ciudad, en un territorio neutral, pareció la mejor solución.
El mismísimo George Washington empezó con los planes de un nuevo territorio, el Distrito de Columbia. En 1790, el ingeniero y diseñador estadounidense de origen francés Pierre Charles L’Enfant fue elegido para planificar la nueva ciudad capital, Federal City. Sin embargo, no fue hasta un siglo más tarde, con la afirmación de los Estados Unidos como una potencia global, que la ciudad capital, ahora nombrada en honor de su fundador, se transformó en un mensaje arquitectónico del Imperio Americano. Algo que se ve en todo su esplendor en el National Mall, el parque de más de 4 kilómetros de largo que va del Congreso hasta el Potomac.
El diseño de Pierre L’Enfant, fue el de un escenario para expresar, recordar, observar y celebrar los derechos de la Primera Enmienda. Lo que en nuestras ciudades son las plazas mayores, con cabildo y catedral, aquí son las agencias del gobierno federal (la Corte Suprema, el Congreso y la Casa Blanca), la cultura y la ciencia (con los Museos Smithsonianos de arte, historia, y ciencia, y la Biblioteca del Congreso) y los monumentos a los muertos, a los caídos en las guerras que los Estados Unidos han peleado en estos dos últimos siglos.
No hay catedral de ningún tipo alrededor de este eje, solo política y ciencia, las piedras fundamentales de la Ilustración de fines del siglo XVIII. Los próceres nacionales (los monumentos a Washington, Lincoln, Jefferson) son de mediados del XIX y principios del XX. Estos son los grandes santos del panteón nacional. La memoria de los mártires está gravada en la piedra de los nombres de los muertos en Vietnam y la guerra de Corea. Los monumentos a la Primera y Segunda Guerra, en cambio, son anónimos: no hay nombres.
Esta memoria bélica se continúa cuando cruzamos el río. En el mismo eje, se encuentra el cementerio de Arlington que guarda los retos de los soldados muertos desde la Guerra Civil hasta nuestros días. Allí dos tumbas se destacan, la del Soldado Desconocido, y la de John Fitzgerald Kennedy.
El National Mall convirtió en un espacio para compartir y discutir la historia americana, celebrar y criticar los ideales expresados en sus memoriales y monumentos. Los monumentos se han ido haciendo de a poco, y no sin complicaciones estéticas, económicas y sobre todo políticas. El obelisco dedicado a Washington se empezó a construir en 1848, en una ceremonia de la que Abraham Lincoln, senador por Illinois en ese momento, fue parte, y demoró 40 años en terminarse (1848-1888), en medio de la Guerra Civil (1861-1865) que aún hoy marca a los Estados Unidos.
El panteón que conmemora a Lincoln fue construido entre 1914 y 1922, en el momento de máximo vigor de la Leyes de Jim Crow (un conjunto desarticulado de leyes estatales y municipales sancionadas en el sur del país), que sostuvieron la segregación racial en el Entresiglo norteamericano. A pesar de no ser una tumba, las señales de la administración de los Parques Nacionales piden “hacer silencio”. Un recogimiento religioso para leer las palabras escritas en piedra sobre la emancipación y el costo humano de la guerra civil. El visitante está en un lugar sagrado.
Fue desde los escalones de ese monumento que Martin Luther King Jr. dio su famoso discurso “I have a dream”, el 28 de agosto de 1963, formulando la utopía de una comunidad justa, con derechos para todos, que encarnaba el sueño del pastor de Alabama. El discurso, que tiene pocas menciones religiosas pero es indudablemente una prédica, fue el sermón laico de un profeta religioso, que confrontó el sueño secular de la Constitución con el racismo existente. El monumento a MLK, de casi 10 metros de altura, inaugurado en agosto de 2011 durante la presidencia de Barack Obama, es el primero a un afroamericano en el parque.
