*Valentina Pereira*
“Nunca había pensado en los tatuajes como religión de verdad”, me comentó casualmente un estudiante del área de los estudios de la religión al finalizar una charla que ofrecí en una conferencia, donde utilicé, entre otros ejemplos, los tatuajes religiosos como ventanas a la experiencia espiritual de los creyentes contemporáneos.
Su comentario me quedó resonando. No porque fuera extraño, sino porque, en el fondo, revelaba algo que persiste en la academia y transmitimos al enseñar: la continuidad de ciertos criterios tácitos sobre lo que es, y no es, una “verdadera” expresión religiosa. Es decir, seguimos operando (muchas veces sin notarlo) con un conjunto de formas consideradas apropiadas para lo religioso (creencias, doctrinas, textos, instituciones, rituales explícitos) y otras que se leen como accesorias, superficiales o incluso ajenas al campo de la espiritualidad.
El tatuaje entra, casi siempre, en ese segundo grupo. Y sin embargo, es justamente ahí donde emerge un punto ciego fundamental: la historia espiritual de la humanidad antecede por mucho a las religiones institucionalizadas: se origina en prácticas cotidianas, rituales y experiencias de lo sagrado que emergieron mucho antes que las doctrinas, jerarquías y tradiciones formales; y en esa historia, el cuerpo (marcado, herido, pintado, tatuado) también supo ocupar un lugar central.
La práctica del tatuaje es milenaria. El cuerpo momificado de Ötzi, hallado en los Alpes del Tirol del Sur y datado alrededor del 3.300 a.C., llevaba 61 tatuajes (Deter-Wolf et al., 2016) , lo que lo convierte en uno de los registros más antiguos y mejor documentados de una persona tatuada. Pero esa evidencia arqueológica es apenas un umbral. Como muestra la teoría de la convergencia, diversas culturas en todos los continentes (con excepción de la Antártida) practicaron el tatuaje como parte constitutiva de su vida ritual, estética y comunitaria.
Es decir: los tatuajes fueron, durante siglos, formas válidas y extendidas de expresión espiritual, incluso cuando hoy cueste reconocerlos como tales. Y no necesitamos hablar solo en pasado ni en términos de novedad: en lugares como Tailandia, Camboya o las Islas Samoa, los tatuajes han tenido y siguen teniendo una profunda conexión con el mundo espiritual.
I. La herencia del paradigma occidental: cuando lo religioso se volvió institucional
¿Por qué nos cuesta tanto ver la dimensión religiosa o espiritual de los tatuajes? En gran parte porque las categorías con las que solemos clasificar “lo religioso” están moldeadas por una tradición occidental que suele privilegiar instituciones (iglesias, templos), dogmas y creencias codificadas, prácticas rituales delimitadas, y a menudo, una separación marcada entre cuerpo y espíritu.
En ese marco, lo religioso aparece domesticado: circunscripto en templos, textos y autoridades. El cuerpo queda en segundo plano, incluso sospechado. La marca corporal se asocia más a lo profano, lo tribal o lo marginal que a lo sagrado.
Pero esta forma de entender la religión (y de jerarquizar sus expresiones) es relativamente reciente. Y cuando la aplicamos como vara universal, se vuelve un lente insuficiente para comprender la complejidad de las prácticas espirituales a lo largo del tiempo y en distintas culturas.
II. Tatuajes como espiritualidad encarnada: una mirada histórica y transcultural
Si miramos con más atención, encontramos que los tatuajes han sido durante siglos expresiones explícitas de identidad, protección, ritualidad, memoria y vínculo con lo sagrado. Algunos ejemplos breves nos permiten ilustrarlo. Uno especialmente elocuente de esta relación entre tatuajes y espiritualidad es el Sak Yant, una práctica extendida en Tailandia y Camboya desde hace siglos. Los Sak Yant no son tatuajes decorativos: son amuletos corporales que combinan tradiciones animistas, hinduistas y budistas y se realizan en el marco de un rito religioso.
Los diseños (yantras geométricos acompañados de escrituras sagradas) son aplicados por monjes o maestros ajarn, quienes recitan oraciones y bendiciones mientras tatúan. Cada Sak Yant se “activa” espiritualmente durante el ritual y se cree que ofrece protección, fortaleza, suerte o carisma, según el deseo y la necesidad de la persona. Además, es el maestro quien determina qué diseño corresponde a cada persona y a sus propósitos vitales. Esta elección no es estética, sino espiritual, y establece un vínculo particular entre maestro y discípulo: es el maestro quien tiene la autoridad para decidir qué marca debe llevar el creyente en su cuerpo.
Como muestra May (2014), el Sak Yant tiene raíces en antiguos yantras índicos, que con el tiempo se transformaron y se “budizaron” en el sudeste asiático, dando lugar a una práctica híbrida que une elementos del budismo theravada con tradiciones animistas e hinduistas. En este sentido, el Sak Yant no representa simplemente la espiritualidad: la encarna en el cuerpo, funcionando como un amuleto vivo y poderoso inscrito en la piel. Su trayectoria histórica evidencia que los tatuajes han formado parte integral de la vida religiosa en diversas culturas, mucho antes de que las categorías occidentales definieran qué cuenta como una expresión religiosa “apropiada”.
Otra evidencia la encontramos en las islas del Pacífico, especialmente en Samoa y entre los maoríes de Aotearoa/Nueva Zelanda, donde los tatuajes han funcionado históricamente como marcas de pertenencia comunitaria, de paso a la adultez, de estatus espiritual o social y de conexión con los ancestros. Como mostró Alfred Gell (1993), en buena parte de la Polinesia el tatuaje funciona como una verdadera tecnología ritual de la persona: una forma de envolver el cuerpo en imágenes que materializan prestigio, genealogía y vínculos con los espíritus y los antepasados.
En Samoa, el tatau (que incluye el pe’a (masculino) y el malu (femenino)) tiene una antigüedad aproximada de 3.000 años, vinculada a los primeros asentamientos austronesios que poblaron la región, según documentan Mallon y Galliot (2018). Estos tatuajes acompañan rituales de iniciación y confieren al portador un estatus dentro de su comunidad, además de un vínculo simbólico con su genealogía, su linaje y la tierra ancestral. La labor del tufuga ta tatau (maestro tatuador) posee una dimensión hereditaria, ritual y cosmológica, que expresa la continuidad espiritual y comunitaria del pueblo samoano y transforma el tatuaje en un pacto colectivo y espiritual.
Entre los maoríes, el ta moko desempeña un papel similar, aunque con un énfasis aún más profundo en la memoria y la identidad. Como documenta Te Awekotuku (2007), el moko codifica historia personal y familiar (whakapapa), pertenencia al clan y, en algunos casos, mana, es decir, autoridad y prestigio espiritual. Para esta autora, el moko es “un ornamento y un compañero hasta el último día”: una marca que inscribe en el cuerpo una memoria que no puede ser arrebatada. Aquí, nuevamente, el cuerpo se vuelve archivo sagrado, superficie ritual donde se materializa la continuidad con los antepasados y con la tierra.
Por su parte, en algunas comunidades de la Iglesia Copta (una de las más antiguas cristiano-ortodoxas del mundo) marcar el cuerpo también ha tenido sentido religioso. En muchas familias coptas, se ha usado tradicionalmente una pequeña cruz tatuada en la muñeca o el antebrazo de niños o recién nacidos como signo de fe, de pertenencia y de protección espiritual. Esta marca, transmitida intergeneracionalmente, funciona como un signo corporal de identidad religiosa, un recordatorio permanente de afiliación y un gesto litúrgico inscrito en el cuerpo.
Estos ejemplos permiten observar una constante: el tatuaje como práctica religiosa no es una moda reciente ni una excepción marginal. Es una estrategia recurrente en culturas muy diferentes (asiáticas, insulares, afrocristianas) para inscribir lo sagrado en el cuerpo, para crear vínculos comunitarios, para proteger, para recordar. Por eso sostengo que los tatuajes deben pensarse como formas legítimas de religiosidad encarnada, y no como simples modas, exotismos o variantes superficiales de la espiritualidad moderna.
III. ¿Qué significa que esto cueste ser leído como religioso?
La dificultad no dice nada sobre los tatuajes: dice mucho sobre nuestras categorías. Preguntarse por qué un tatuaje no se reconoce fácilmente como “religión de verdad” implica reconocer que en parte seguimos privilegiando la religión institucional sobre la religión vivida; seguimos imaginando la espiritualidad como algo separado del cuerpo; seguimos subestimando las prácticas que no se organizan en torno a autoridades o doctrinas formales; seguimos reproduciendo jerarquías coloniales sobre lo espiritual.
El comentario de aquella estudiante (que activó esta reflexión) no expresa ignorancia ni mala intención, sino la fuerza de ese marco cultural. Un marco que nos hace olvidar la larga historia de prácticas corporales espirituales y que nos lleva a pensar lo religioso desde lo que tenemos más a mano: nuestras categorías occidentales, nuestras tradiciones dominantes, nuestras experiencias locales.
IV. El tatuaje religioso hoy: compromisos intensos, búsquedas contemporáneas
En contextos modernos y seculares, los tatuajes en general (y los espirituales, del mismo modo) se multiplican. No porque la religión esté “volviendo”, sino porque la gente encuentra en la práctica del tatuaje una práctica cada vez más extendida y aceptada en el mundo occidental, un modo íntimo y duradero de expresar convicciones, memorias y búsquedas. Son otras formas de declarar compromiso, de llevar a cabo prácticas, de recordarse (y revelar) en qué se cree.
En relevamientos etnográficos simples y en proyectos en los que he participado, los tatuajes continúan apareciendo como parte del paisaje religioso de las personas: cruces marcadas en personas que no asisten a misa pero mantienen vínculos afectivos con su fe de infancia; mandalas o mantras como prácticas de cuidado emocional; flores de loto, chakras o figuras animales provenientes de tradiciones asiáticas; nombres de seres queridos fallecidos acompañados de símbolos religiosos; citas bíblicas o salmos tatuados, rostros de vírgenes y cristos por los que las personas sienten amor y devoción.
¿Qué revelan estas marcas? Que la espiritualidad contemporánea aún circula por los cuerpos, por los afectos, por la memoria y por las materialidades que elegimos llevar a la vista.
Quiero cerrar reforzando una idea: los tatuajes religiosos pueden ser un fuerte indicador de compromiso espiritual. Un tatuaje no es una práctica que pueda abandonarse con facilidad. No es una asistencia irregular al templo. No es una doctrina que se olvida. Es una marca permanente que, probablemente, acompañe todas las etapas de la vida de la persona.
Para muchas personas, tatuarse un símbolo sagrado, una oración, un mantra o una imagen protectora es un acto de fidelidad, cuidado, memoria, identidad, pertenencia, gratitud, promesa, duelo. Y más aún: es un acto en el que el cuerpo se vuelve territorio espiritual.
Si seguimos reduciendo lo religioso a sus formas institucionalizadas, seguiremos ciegos a estas expresiones que brotan en los bordes, en los márgenes, en las superficies de la piel, pero que hablan de dimensiones profundas de la experiencia humana contemporánea.
Atender a estas “formas no apropiadas” de lo religioso no sólo amplía nuestro campo analítico: nos permite comprender cómo las personas (históricas y modernas) viven, negocian y reinterpretan su espiritualidad desde y a través de sus cuerpos.
Referencias
Deter-Wolf, A., Robitaille, B., Krutak, L., & Galliot, S. (2016). The world’s oldest tattoos. Journal of Archaeological Science: Reports, 5, 19-24.
Gell, A. (1993). Wrapping in Images: Tattooing in Polynesia. Clarendon Press / Oxford University Press.
Mallon, S., & Galliot, S. (2018). Tatau: A History of Sāmoan Tattooing. Te Papa Press.
May, A. M. (2014). Sak Yant: The transition from Indic yantras to Thai” magical” Buddhist tattoos. The University of Alabama at Birmingham.
Te Awekotuku, N. (2002). More than skin deep: Ta moko today. Claiming the Stones/Naming the Bones: Cultural Property and the Negotiation of National and Ethnic Identity in the American and British Experience, 243-254.
